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| Haití por EDUARDO GALEANO La democracia haitiana nació hace un ratito. En su breve tiempo
de vida, esta criatura hambrienta y enferma no ha recibido más
que bofetadas. Estaba recién nacida, en los días de fiesta
de 1991, cuando fue asesinada por el cuartelazo del general Raoul Cedras.
Tres años más tarde, resucitó. El voto y el veto Para borrar las huellas de la participación estadounidense en
la dictadura carnicera del general Cedras, los infantes de marina se
llevaron 160 mil páginas de los archivos secretos. Aristides
regresó encadenado. Y como el gobierno haitiano no termina de aprender que hay que desmantelar los pocos servicios públicos que quedan, últimos pobres amparos para uno de los pueblos más desamparados del mundo, los profesores dan por perdido el examen. La coartada demográfica A fines del año pasado cuatro diputados alemanes visitaron Haití.
No bien llegaron, la miseria del pueblo les golpeó los ojos.
Entonces el embajador de Alemania les explicó, en Port-au-Prince,
cuál es Esa noche, uno de ellos, Winfried Wolf, consultó las cifras. Y comprobó que Haití es, con El Salvador, el país más superpoblado de las Américas, pero está tan superpoblado como Alemania: tiene casi la misma cantidad de habitantes por kilómetro cuadrado. En sus días en Haití, el diputado Wolf no sólo
fue golpeado por la miseria: también fue deslumbrado por la capacidad
de belleza de los pintores populares. Y llegó a la conclusión
de que Haití está En realidad, la coartada demográfica es más o menos reciente. Hasta hace algunos años, las potencias occidentales hablaban más claro. La tradición racista Estados Unidos invadió Haití en 1915 y gobernó el país hasta 1934. Se retiró cuando logró sus dos objetivos: cobrar las deudas del City Bank y derogar el artículo constitucional que prohibía vender plantaciones a los extranjeros. Entonces Robert Lansing, secretario de Estado, justificó la
larga y feroz ocupación militar explicando que la raza negra
es incapaz de gobernarse a sí misma, que tiene "una tendencia
inherente a la vida Uno de los responsables de la invasión, William Philips, había
incubado tiempo antes la sagaz idea: "Este es un pueblo inferior,
incapaz de conservar la civilización que habían dejado
los franceses". En "El espíritu de las Leyes", Montesquieu lo había
explicado sin pelos en la lengua: "El azúcar sería
demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción.
Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la
nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. Resulta
impensable que Dios, que es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y
sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro". La humillación imperdonable. En 1803 los negros de Haití propinaron tremenda paliza a las tropas de Napoleón Bonaparte, y Europa no perdonó jamás esta humillación infligida a la raza blanca. Haití fue el primer país libre de las Américas. Estados Unidos había conquistado antes su independencia, pero tenía medio millón de esclavos trabajando en las plantaciones de algodón y de tabaco. Jefferson, que era dueño de esclavos, decía que todos los hombres son iguales, pero también decía que los negros han sido, son y serán inferiores. La bandera de los libres se alzó sobre las ruinas. La tierra haitiana había sido devastada por el monocultivo del azúcar y arrasada por las calamidades de la guerra contra Francia, y una tercera parte de la población había caído en el combate. Entonces empezó el bloqueo. La nación recién nacida fue condenada a la soledad. Nadie le compraba, nadie le vendía, nadie la reconocía. El delito de la dignidad Ni siquiera Simón Bolívar, que tan valiente supo ser, tuvo el coraje de firmar el reconocimiento diplomático del país negro. Bolívar había podido reiniciar su lucha por la independencia americana, cuando ya España lo había derrotado, gracias al apoyo de Haití. El gobierno haitiano le había entregado siete naves y muchas armas y soldados, con la única condición de que Bolívar liberara a los esclavos, una idea que al Libertador no se le había ocurrido. Bolívar cumplió con este compromiso, pero después de su victoria, cuando ya gobernaba la Gran Colombia, dio la espalda al país que lo había salvado. Y cuando convocó a las naciones americanas a la reunión
de Panamá, no invitó a Haití pero invitó
a Inglaterra. Para entonces, Haití ya estaba en manos de carniceras dictaduras militares, que destinaban los famélicos recursos del país al pago de la deuda francesa: Europa había impuesto a Haití la obligación de pagar a Francia una indemnización gigantesca, a modo de perdón por haber cometido el delitode la dignidad. LA HISTORIA DEL ACOSO CONTRA HAITÍ,
QUE EN NUESTROS DÍAS TIENE DIMENSIONES DE TRAGEDIA, ES TAMBIÉN
UNA HISTORIA DEL RACISMO EN LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL. | ||
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Asociación Movimiento por la Acción y el Desarrollo de África |
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